La muchacha de nombre Olga – traduzione di Gabriela Bravo

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Pubblico la traduzione di una prima stesura de La ragazza di nome Olga fatta l’anno scorso da Gabriela Bravo (Monterrey, Nuevo León, 1993), una studentessa di Linguistica e Letteratura Ispanica nella Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (Puebla, Messico) come parte del Seminario de Teoría y Práctica de la Traducción Literaria seguito dal dottor Gustavo Osorio. In realtà Gabriela è stata così gentile da tradurre, oltre a questi versi, anche mie precedenti cose quali La sera, la serra (2004) e Distanze (2007), che qui non metto in quanto stanno per essere pubblicate in riviste messicane. Di Gabriela so che ha scritto e pubblicato anche lei alcune poesie in riviste come “Miseria”, “Revista Cultural Veracruz” e “Rojo Siena” con lo pseudonimo di S. Valderrama. Ha partecipato a diversi congressi di Letteratura ed è membra del consiglio di redazione della rivista Cuatro Patios (2014-2015). Attualmente lavora a un progetto di coesione sociale per la dottoressa Claudia Rivera Hernández dell’Instituto de Ciencias de Gobierno y Desarrollo Estratégico.

Questa prima stesura segue in qualche modo quanto pubblicato in questo stesso blog (qui), ma ha molte piccole differenze rispetto alla stesura finale uscita a inizio anno ne Il colore dell’acqua (Samuele Editore 2016, prefazione di Mario Fresa, qui). Ad ogni modo è un passaggio intermedio e sono molto grato a Gabriela e alla Benemérita Universidad Autónoma de Puebla per l’attenzione e la traduzione (come lo sono, per Aftermath, ad Andrea Sirotti e Johanna Bishop per il loro lavoro in inglese, qui – e per Histoire d’O ad Alejandra Craules Bretón che ne ha tradotto alcuni stralci per la rivista Circulo de Poesia, qui).

 
 
 
 

LA MUCHACHA DE NOMBRE OLGA
(2015)

 
 
 
 

La muchacha de nombre Olga
es una mujer que no conozco,
ni de la que nunca me he enamorado.
Pero si la imagino la pienso
con la piel blanca como los cabellos
de mi padre, y el pecho generoso
– mas la memoria no me permite verlo –
y con el útero profundo
como la oscuridad dentro de un hombre.

 
 
 
 

La muchacha de nombre Olga
pasa cada tarde frente a mi puerta.
A medianoche, un poco antes de las once,
con los tacones bien calzados
se hace recordar. Alguien,
lo sé, se ha lamentado. Es más, la otra
noche la escuché gritar
aferrada a las manos de su acompañante.

 
 
 
 

Vi caminar a una muchacha
esta mañana, le di el nombre de Olga.
No sé si era ella o era otra
o si tenía sus piernas o la misma
piel, o la misma oscuridad colgante
apenas bajo la cadera. Imaginé
que era ella regresando del trabajo
sin haber resuelto nada de la vida.

 
 
 
 

La muchacha Olga es una muchacha
que veo pasar cada mañana
aunque no sé de dónde viene.
Tiene piernas largas de extranjera
y un rostro desconocido. Por
eso la construyo con los rostros que conozco.
Porque la memoria del pasado
es una de las formas que tenemos
para sobrevivir cada día.

 
 
 
 

Ayer se llamaba Olga; mañana, Carla.
Su nombre no tiene importancia
a lo largo de estos versos. Su
dolor se iguala a su placer, Olga
sabe que el bien y el mal son lo mismo
más allá del umbral que separa del exterior
la arquitectura suave de la vida.
Se ruega tocar la puerta antes de entrar.

 
 
 
 

La muchacha Olga es una muchacha
que viste siempre con estilo,
distinguida, hasta en las hendiduras.
Habla con fluidez cuatro o cinco
idiomas, nunca la he escuchado.
Viaja a menudo por trabajo.
Es desde la entrepared
que reconozco su fe, nocturna,
cuando le ruega a Dios arrodillada.

 
 
 
 
La muchacha Olga estaba bajo la regadera
esta mañana, yo escuchaba fluir el agua.
E imaginaba las arrugas debajo de
sus uñas, los dedos largos.
No cantaba, porque no le agrada su voz.
La muchacha Olga no existe
o no sabe existir en el mundo.
 
 
 
 
El domingo por la mañana Olga
escucha música de los ochenta,
creo que de cuando era una niña.
De la época en que su padre le llevaba
caramelos, y su madre lavaba los platos.
La escucho bailar con los pies desnudos,
el barniz rojo y una uña rota.

 
 
 
 

Tal parece que la muchacha Olga se ha convertido en rehén
de un perro, o algo parecido.
Porque de noche lo escucho rasguñar
alrededor de las tres, después de que ella ha gritado,
y ha dado un paso en falso.
Cada noche, todas las noche de la vida.

 
 
 
 

La muchacha de nombre Olga
hoy recibió aquella visita,
aquélla que esperaba desde hace tanto tiempo.
Ya se había maquillado horas antes
y se había puesto los zapatos bajos
como si no se tratara de algo extraordinario.
Ella sabe también que esta vida
se trata de perder algo, perder
a alguien, a intervalos regulares.

 
 
 
 

La muchacha de nombre Olga
se corta las uñas cada martes
por la mañana, como si fuera un rito,
una cosa importante para el mundo.
Y tiene una mano entre las piernas
para respirar el hálito de Dios
cada vez que se adormece.
La muchacha de nombre Olga
está enamorada de modo abominable.

 
 
 
 

La muchacha de nombre Olga
ya hace algunas noches que no duerme,
la escucho pasearse inquieta.
No porque la noche sea su enemiga
sino porque es de noche cuando se escuchan
mejor los pasos que no vuelven,
las miradas sobre las piernas, los olores.
De noche las intensidades del sonido se aquietan
y se escuchan los corazones que no palpitan.

 
 
 
 

Vi a la muchacha de nombre Olga
ir ayer por un helado
a una pequeña cafetería cerca del lago.
Estaba completamente dedicada a su compañero
como si se tratara de la primera cita.
Los pantalones anchos, el deseo dentro.
No fuera que aquellos recuerdos
ni siquiera le pertenecieran.

 
 
 
 

Me imagino a la muchacha Olga
el lunes con un vestido amplio,
colorido, muy sugerente.
El martes, con algo más ajustado
a su piel, y de ese modo avanza
en el vacío de la semana,
siempre más ceñida a sus piernas.
El cabello recogido, para que no le estorbe.

 
 
 
 
Pensé en escribirle una carta
esta mañana, en su día libre.
Una carta que fuera ausencia
e hilo dental, que fuera bálsamo
y jabón líquido íntimo, y algo más.
Olga me respondió casi en el acto
desde el fondo de sus uñas
que no había entendido bien lo que había querido decirle.

 
 
 
 

El aroma de Olga se cuela a través del suelo
a pesar de que ella está ya ausente desde hace días.
Se impregna en el hueco de la escalera, en el ascensor
que no funciona, hasta la entrada
que se parece a la de un hotel
de los sesenta. No existe, como Olga,
aunque se obstine en creer lo contrario.

 
 
 
 

La muchacha de nombre Olga
sé muy bien que no existe
y que no podría ni siquiera existir.
Porque el apartamento donde vive,
vacío ahora desde hace meses,
tiene el sonido duro de las cosas
que se hicieron para durar.
Como el vacío, las conchas rotas,
sus blancos pies la mañana.

 
 
 
 

La muchacha Olga es todo el mundo
y todo lo que ya sabemos.
No hay descubrimiento ni otros beneficios.
No hay ningún sentido entre las sombras,
bajo las axilas o detrás de las rodillas.
La muchacha llamada Olga
es la enfermera que espera el final de su turno,
la mesera que es antipática al cliente
con un olor acre en medio de los pantalones.
 
 
 
 
 
 
 
 
ilcoloredellacqua
 
 
 
 
 
 
 
 

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